Muchas personas conocen el significado de la palabra "favela". En portugués, significa "getto" o "población". En otras palabras, constituye un reducto de casas generalmente fabricadas de ladrillos sin estructura definida sobre terrenos ocupados. La mayoría de las favelas se encuentran en cerros. La mayor concentración se encuentran en las ciudades de São Paulo (SP) y Rio de Janeiro (RJ). Las entradas de las favelas son calles, después de ese pasaje sin salida son solo pasadizos que conforman un laberinto de corredores llenos de puertas y ventanas. Algunas son un puñado de humildes casitas, otras pueden ser verdaderas ciudades con más de setecientos mil habitantes. Soprendente, en Rio de Janeiro hay algunas que llegan a tener McDonald's dentro de ellas. Algunas son tan peligrosas, especialmente las de Rio de Janeiro, que a ellas no entran policías comunes para asaltarlas, sino solo comandos. Entran matando a quien pase por delante. No hay otro modo.
Llevo casi un año viviendo en Belo Horizonte (MG) y, por primera vez (y tal vez la última) subí a una favela. Muchos brasileños nunca lo han hecho ni se atreven a hacerlo.
Vivir en una favela no es fácil. Un estigma lleva consigo a quien no tiene más oportunidad que tener una casa dentro del "morro". El narcotráfico y el crimen organizado constituyen las empresas que comercializan estupefacientes todos los días. Sin embargo, la gran mayoría de los habitantes de estas poblaciones son personas honradas y trabajadoras, gente que se encuentra en la base de la pirámide social... aquellos que se dedican a desarrollar los trabajos más básicos: empleadas domésticas, cocineras, lavanderas, funcionarios públicos de bajo rango, incluso policías. Otro grupo de personas habitan también dentro de las favelas, aquel que las ha hecho famosas: narcotraficantes, sicarios, prostitutas, traficantes de armas y de personas. Pero, no son la gran mayoría. Creo que dos películas pueden representar muy bien la vida en una comunidad: Ciudad de Dios (nombre de una de las mayores favelas de Rio de Janeiro, nominada al Oscar) y Tropa de Elite.
Cada favela está al mando de un "gerente", quien es la cabeza de la organización y que es la ley dentro del territorio que gana o pierde a cada día. Él decide quien vive y quien no. Usualmente, dentro de las favelas no existen crímenes entre sus habitantes, el gerente debe mantener el orden dentro para mantener su pequeño imperio. Una violación o robo se paga con el cuerpo... en un sentido muy restringido: te dan una "porrada" (lo que usualmente se llama paliza) o la muerte. Nadie sabe dónde acaban aquellas personas, simplemente no se les vuelve a ver. Lo mismo ocurre con quien le deba a un traficante, aunque sea un real, muere. Nadie sube a la favela, solo sus habitantes. Aquel extraño simplemente es expulso del lugar por medio de métodos poco pacíficos. Mi caso fue diferente: entré sin problemas. Un sábado como cualquier otro tuve que acompañar a mi polola a una de las escuelas municipales donde trabaja como practicante. Ya había ido a otra también perteneciente a una "comunidade" (nombre formal y no discriminativo que se le da las favelas). Era un colegio normal, niños de familias con pocos recursos, generalmente negros, quienes iban a clases aprovechando la educación y las comidas del día que dan que, para algunos, significa sobrevivir. No son agresivos, por el contrario, muy educados. Algunos son conocidos por tener problemas de personalidad y las causas son siempre las mismas: abuso y violencia intrafamiliar. La Prefeitura les da todo: cuadernos, comida, ropa.
Dentro de las actividades del colegio esta la celebración de la "Festa Junina" (celebración del mes de junio en Minas Gerais). Iban a hacer el Arraial de la escuela. Como monitora, mi polola tuvo que subir aquel sábado. Tomamos un bus que, culebreando por diferentes calles, terminó subiendo aquel cerro.
La mayoría de las personas que viven en una favela son de raza negra. Yo, de piel clara y ojos de color, era la excepción. Aunque los monitores, profesores, coordinadores y directores son todos blancos, yo no podía pasar como uno de ellos.
Bajamos del bus para ir directamente al colegio. A pesar que el paradero quedaba a media cuadra de la entrada del colegio, aquel lugar estaba atestado de padres llevando a sus hijos al Arraial. Sin duda, era la fiesta del fin de semana en la favela. Una vista tan singular dejaba ver gran parte de la ciudad. Por los alrededores, solo favela. Apenas entramos en aquel grupo de personas que esperaban la apertura del colegio para distraerse ya los apelativos comenzaron a llegar a mis oídos. Aquellas personas no me querian allí. Apelativos como "branquelo" o "gringo" ya denotaban un cierto desprecio hacia mi. Sin responder ni con una mirada, entré al colegio. La fiesta comenzó y poco a poco lo que era un público familiar comenzó a transformarse en adolescentes y jóvenes de impresión poco alegre. Donde iba dentro del colegio, tenia a dos personas siguiéndome. Si iba a comer o a conversar con algún monitor, ellos estaban allí. Ambos de mediana estatura y con peinados bastante llamativos, no eran difíciles de ubicar el tiempo entero. Dentro del colegio no iria a pasarme nada, el problema sería al salir. Los diferentes juegos típicos y comidas de la época que estaban ofreciendo dieron paso a ir al gimnasio, un enorme local adornado tan graciosamente como nunca vi antes. Por ser año de Mundial, se hizo una presentación con los diferentes países que estaban participando de la copa. Solo vi hasta la presentación de mi país: Chile. Mezclado entre aquellas personas, siempre con descalificaciones y palabras poco alegres, solo un mensaje era dado: no podía estar más tiempo en aquel lugar. Cada vez más, el alegre y familiar público se transformó en soldados del gerente de la favela. Hombres generalmente bajos, llenos de tatuajes, cadenas, llamativos aros y anteojos, con ropa pirata de marca. Si me quedaba más tiempo tanto mi polola como yo seriamos bajados del cerro. Apenas la atención de las personas se desviaba a las diferentes banderas que iban circulando, del gimnasio nos fuimos al lado opuesto del colegio donde se encuentra la entrada y nos fuimos. Tomamos el primer bus que bajaba a Belo Horizonte y regresamos a casa.
No vi armas, no vi drogas. La mayoría de las personas piensan que entrar en una favela es entrar en un garito de gángsters al puro estilo Chicago de los años 30. Aquello no es así. Vi personas alegres, característica del pueblo brasileño.
Ya hace bastante tiempo quería hacer un fotoreportaje sobre favelas. Sin embargo, apenas comenté la idea con mi polola, V. (prefiero dejar en solo la letra inicial el nombre de ella por razones de privacidad) me comentó que no era un buen plan, por cuanto habría que hablar con traficantes para poder subir. Justamente, un día que iba a estudiar a la biblioteca de una universidad próxima a mi casa pasé por la Praça da Liberdade. En una de las esquinas me encontré con un fotógrafo de una agencia de prensa de São Paulo. Era un mulato de poco pelo, el cual llevaba muy corto. Compartiendo conocimientos de fotografía me explicó que hace algunas semanas realizó aquello que quería hacer. Me recomendó que por motivo alguno realizara aquella aventura. Comentó que él por subir a una favela, incluso acompañada de una asistente social de aquella comunidad, era perseguido dentro por llevar corte de pelo de policía. Fue así que abandoné mis panes. Menciono esto porque me habría encantado colocar fotos de favelas, pero es algo peligroso.
Creo que tengo que terminar este post recomendando a mis lectores a no repetir mi experiencia. Subí acompañando a quien quiero mucho, quien también me quiso mostrar la verdad de Brasil. Gracias a Dios no nos pasó nada gracias al criterio de V. quien lleva casi un año trabajando con estos niños de alto riesgo social. Ya pregunté a varios niños del otro colegio donde trabaja V. y cuando uno pregunta como es vivir en el "morro" ellos responden con alegría que es bueno. Muchas personas honestas y que buscan lo mejor para sus familias viven en favelas. La mayoría vive con el sueño de salir de ellas, aunque sea en la entrada, más abajo.
Quiero terminar con una pequeña reflexión. La ciudad donde vivo, Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais, tercera ciudad con mayor población dentro de Brasil y con casi cien años de vida, lleva aquel singular nombre... aquel nombre donde no encontraré nunca un mejor ejemplo que en la vista de la ciudad que se puede ver desde aquella favela.
Pienso en aquellos niños que vi vestidos de "caipirias" (campesinos) por motivo de la Festa Junina. Cuántos de ellos se transformarán en "aviaonzinhos" (avioncitos, personas que llevan droga de un lugar a otro) o "vaporzinhos" (vaporcitos, microtraficantes). Otros tantos no llegarán a una edad avanzada consumidos por la drogadicción o muertos por la guerra entre gerentes de favela por un pedazo de favela. Para aquellos niños este post.
miércoles, 30 de junio de 2010
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